Pasado los sesenta

No vacilé y quise partir de inmediato hacia el minimarket más cercano. En un momento, por acto involuntario, me dirigí hacia un sector del comedor para coger las llaves del autor, olvidando por completo que el auto hace más de dos semanas que estaba sin combustible. Sentí vergüenza de mi status. Hace cinco años atrás no me faltaba el dinero, podía darme todos esos pequeños, pero insignificantes, lujos. Mi señora no se dio cuenta de mi torpeza, ella seguía en lo suyo, siempre concentrada completamente en cualquier tarea que estuviera haciendo. El recorrido total no serían más de veinte minutos, ida y vuelta a pie. Por un momento, el dolor en las rodillas que hace semanas me venía molestando me hizo dudar de optar por la caminata, pero de igual forma, sin darme cuenta, ya estaba a cincuenta metros de la casa, dejando todo rastro de polvo atrás.

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La mujer de mi hermano

I

El sábado ya acaba y empieza un nuevo renovado domingo. El reloj marca las 00:01 P.M y sigo bajo condena en esta maldita casa, inútilmente tratando dormitar, boca arriba, incómodo y sin ganas de seguir encerrado entre cuatro paredes. Los problemas siguen aumentando entre mis padres y yo, las situaciones cotidianas, las relaciones, los saludos, que debiesen ser agradables y placenteros, se van agravando más y más, como si el tiempo fuera condenándonos por solo compartir sus segundos. Los días se hacen eternos y las noches tormentosas.

He notado que la única forma que este hogar tenga una pizca de felicidad, es decir, que se cambie a un ambiente plácido, sea con personas que no acostumbran a vivir acá, las visitas, que invaden nuestra privacidad. Al ocurrir esas llegadas, mis padres se distorsionan en otros seres, siguen siendo humanos por supuesto, pero se llenan orgullo cuando rompen su rutina, cuando alguien viene y rompe su reiterada vida. Se rebalsan de satisfacción cuando mi hermano, Miguel, nos visita los calurosos días de verano. Él les relata todas sus más recientes anécdotas, cómo le va en la empresa donde trabaja, los viajes hacia el extranjero, entre otras cosas, mis padres escuchan con una concentración y atención considerable. En sus rostros se torna una sonrisa eterna, un tanto estúpida, que no son capaces de disimular.

Debo confesar que yo soy el más complacido cuando Miguel nos visita. Me siento más hombre, que es lo que más escasa en mí durante toda época del año. Con estas palabras algunos se confundirán y pensarán que tengo un raro afecto hacia mi hermano. Lamento declarar que se equivocan, sus pensamientos no son más que débiles fantasías. Mi atención se centra en otra persona: Luna, la mujer de mi hermano. Una extraña sensación de pasión invade mi cuerpo al verla bajar delicadamente del auto, al notar cada detalle de su vestimenta un gran deseo erótico se implanta en mi imaginación adolescente, aquella blusa que combina perfectamente con su cabello largo y liso no pasa desapercibida ante mis ojos, y al saludarla su fragancia me lleva involuntariamente a un profundo sueño de lucidez.

Desde el primer día que la conocí fue un flechazo impactante hacia mi corazón, directo a los vastos sentimientos del amor, a la maravilla del enamoramiento.

 

II

Todos los años, durante la segunda semana de febrero, en Vicuña se realiza el famoso Carnaval Elquino[1] con el fin de conmemorar el aniversario de la ciudad. Todos los habitantes de la provincia (Elqui) se unen al unísono para festejar un nuevo cumpleaños de la tierra que los vio nacer, que los crio y cuidó con la hermosa y celestial naturaleza que caracteriza a los amplios valles, cerros y montañas de la periferia. Es común ver durante esta celebración batucadas rítmicas, principalmente con la presencia única de instrumentos de percusión; los bailes típicos de la zona; la exposición de carros alegóricos construidos por los mismos habitantes, que participan para ganar una modesta cantidad de dinero; y por supuesto las garufas se inician cuando la viva y calurosa luz del día empieza a degradar exponencialmente, acompañadas de la música folclórica y tropical latina.

Debo aceptar que esta época, particularmente el carnaval, me provoca un vasto interés, ya que es la única instancia donde el arte clásico de la zona se expone con un estilo maravilloso, nostálgico y virgen. Pero hay un sujeto, otro hombre que, prácticamente, venía de vacaciones a Vicuña con un único fin, el disfrutar de esta celebración a toda costa, sin que nada le impida su cometido; Este aludido personaje es, mi ya mencionado hermano, Miguel. Y ya solo restaba un día para que todos los preparativos dieran frutos y comenzara la tan ansiada fiesta del pueblo vicuñense.

Por la tarde me dediqué a aumentar mi fuerza de voluntad y salí a caminar hacia el centro de la ciudad. Todo estaba hermosamente decorado, las pancartas de avisos e informaciones para los turistas relucían a la vista; las calles estaban más limpias que nunca; la gente en general se veía contenta; pero lo más que me maravilló fue un gran mural ubicado en el corazón de la Plaza de Armas. Una pareja de amantes se plasmaba en esa obra maestra, pese al amor que irradiaban, se mostraban culpables, casi la totalidad de sus rostros estaban dominados por la opacidad, sin embargo sus ojos relumbraban a la sombra que constantemente deseaba invadirlos. Había cierto movimiento que comunicaban, era poco visible o perceptible, a simple vista se podría decir que deseaban moverse, pero, en realidad, era todo lo contrario, la tranquilidad se estaba apoderando de ellos; en otras palabras, la muerte se les avecinaba y ellos, serenos y fieles a su amor, la esperaban sin recelos.

En ese momento quería llegar a mi casa, tratar de pasar lo más desapercibido posible, y hacer un recorrido directo hacia mi habitación para no perder más tiempo y plasmar y transformar ese mural en un relato. Durante todo el tiempo que me tomó caminar desde la Plaza de Armas hasta mi casa pensé en todos los detalles y descripciones posibles. Aunque todo lo planeado fue en vano, al abrir la reja del patio –obviando que al insertar la llave hice un ruido desagradable- Rosa, la perra labrador que tenemos en casa, me esperaba impaciente, quizás desde hace cuánto. Ladró y brincó como nunca antes. Aunque lo más extraño fue que todos sus movimientos eran juguetones pero con cierta armonía, sus desplazamientos daban la sensación de ser acompasados. Al entrar por fin por la puerta principal, mis padres, Miguel y Luna estaban reunidos en el comedor. Era la hora de té. Solo porque estaba ella sentada con ellos acepté compartir un momento con toda la familia.

Ya sentado no podía dejar de ver a Luna. También notaba que ella me regresaba la mirada, con unos ojos impenetrables, con movimientos furtivos, casi imperceptibles. En aquella mesa, se realizaba un miramiento entre dos culpables que aún no realizaban su culpable cometido, aunque las ganas se rebalsaban en los vasos que ellos mismos sostenían

Su cabello castaño rozaba el principio de su pecho y, a veces viajaba a la suavidad posterior de sus hombros; su rostro relucía ante mis ojos. Todo esto ocurría mientras Miguel estaba demasiado ocupado hablando con mi padre, discutiendo de asuntos del admirado progenitor y su respectivo y honorable padre. Mientras tanto, mi madre aprovechaba de lavar la loza que había sido utilizada.

Desearía ser capaz de eliminar esa fuerte, aunque suene un tanto paradójico, timidez que me caracteriza, de ser así, muchos de estos límites que me retienen serían eliminados y me dejarían encaminarme en nuevos senderos.

III

Luna, después de la hora de almuerzo del día anterior, mostró algunas quejas de, lo que pudiese haber sido, un inesperado resfrío. No fue capaz de terminar toda la comida que mi madre le sirvió y solo movía de un lado a otro los restos en el plato. En todo el desarrollo de la calurosa tarde no hubo rastros de presencia de Luna, al parecer estuvo descansando, reposando y durmiendo el día entero.

Mis padres y Miguel ya se enlistaban para ir al ansiado carnaval, era posible percibir el ritmo de las batucadas con un eco que se producía en la periferia de la ciudad, nosotros vivíamos casi a cuatro kilómetros de la plaza, epicentro del evento cultural, cosa que ya había mencionado antes. Al decirles que no asistiría el primer día se mostraron atónitos, me preguntaron el motivo, yo solo me explique con un débil argumento: el lunes es siempre un caos, son más preámbulos y presentaciones que el verdadero espectáculo. Todo esto era una vil mentira. Mi madre antes de irse se acercó a mí y me dijo: Cuida la casa y a Luna, si no llegamos antes de la hora del té procura ofrecerle algo de comer; afirmé movimiento mi cabeza y con un leve murmuro.

Al entrar presentía una cierta tensión en el ambiente, que solo era provocada por el nerviosismo de mis pensamientos. Me dirigí hacia la cocina para calmar un poco las emociones de ese momento, me preparé un té de manzanilla. Dicen que es la mejor solución para estas ocasiones.

Sentí a Luna dirigirse al baño. La ducha se escuchaba. Salió del baño, supe percibir el sonido de sus pies húmedos fluctuando con el piso cubierto de cerámica del pasillo. Seguramente había dejado la puerta de su pieza abierta, porque ya habían pasado unos cuantos minutos cuando su humanidad abandonaba el baño. Pero antes de darme cuenta, mi puerta estaba totalmente indefensa, abierta en su totalidad, y ella, Luna, encima de mi entrepiernas.

– Sé que tú me deseas, Alejandro, desde que llegamos a la casa de tus padres no has podido quitar la vista de mí –Ella me susurraba mientras respiraba afanosamente en mi cuello–. No te contengas, no pienses en lo incorrecto, aprovecha la fuerza, el placer que te apodera. Si no lo haces, en un futuro te arrepentirás.

En ese momento sujetó mi cabeza con ambas manos alrededor de mis mejillas, su mirada era luminosa, como si fuera un aura totalmente divina e inmortal, poderosa e insaciable. Sin embargo, sus labios entre abiertos demostraban la culpabilidad de la escena que estábamos creando, esa zona carnosa de su rostro pertenecía a lo oscuro de su naturaleza humana, y yo, perplejo ante la situación, reaccionaba con sensaciones compulsivas y agresivas, como si en todo se fuera acabar al mínimo cierre de mis pestañas

– ¿De verdad está bien hacer esto? ¿Acaso todo este tiempo tú también me deseabas? Si es así, ¿Por qué nunca me lo dijiste, Luna? –Le preguntaba en el mismo instante en que recorría con violencia su desnuda espalda y fina cintura–. Durante todos los veranos que has venido a visitarnos, he querido este momento, te esperé, te miré, te deseé.

No me respondió, y los segundos siguientes ninguno de los dos emitió palabra alguna. Lo que después siguió ya todos se lo pueden imaginar. Desde mi perspectiva fue un acto de ensueño, limitando la perfección. Al terminar, por un unos minutos ella solo acariciaba y besaba mi cuello, sus suspiros llegaban a la sensibilidad de mis oídos. Quince minutos habían pasado después de eso cuando Luna comenzó a vestirse, antes de salir de mi pieza se volteó, me miró directo a los ojos y sonrió levemente.

 

IV

Posado en mi cama, a medio cubrir el torso y con la cabeza inclinada, miraba hacia la tranquilidad del patio trasero, en él una tosca muralla de concreto, que si por algún motivo comenzara un fuerte terral en esa misma tarde, en dirección perpendicular a ella, no daría resistencia alguna a la fuerza natural de ese agresivo viento, caería en cadena, despedazándose en aquellos fragmentos que, en un segundo atrás, estaban perfectamente unidos. Débil y sin convicción era lo que representaba la figura y estructura de esa pandereta que dividía a los vecinos adyacentes, pero que no nació con esa condición, sino que al pasar los días ociosos, las penetrantes lluvias, los friolentos inviernos, las sequías interminables del verano, la humedad incontrolable de la noche y las inesperadas venidas de los años, hubiesen transformado, o más bien deteriorado, todo lo bueno que alguna vez pudo simbolizar.

No paso ni un mísero día sin que piense en la pasión de su cuerpo, en la delicadeza y sensualidad de sus movimientos. A cada momento trato de recordar el ritual sexual que unió nuestras almas, que pese a la vulgaridad, fue un acto significativo y sereno. Intento memorizarlo por completo, para así no perder los detalles y caer en la generalidad, no quiero que se convierta en una simple relación puntual.

Al llegar la noche las únicas luces que alumbran la tierra son los faroles del alambrado público. Terrible es la realidad que ahora vivo en esas horas. La noticia de su muerte fue tan repentina, que aún me cuesta creer lo que mis mismos ojos vieron: a ellos dos, en la misma sala, puestos en ataúdes distintos, separados solo por la mortalidad. Yo deseaba más que nunca que estuvieran en una relación sana, que jamás se separaran, pero el injusto destino jamás acepta las manifestaciones de un desdichado.

Como dije anteriormente, ya no soporto la noche, se me torna irresistible el mirar hacia el cielo y verla a ella con esa actitud: inerte, rutinaria, viva, luminosa; ni comparada con la residente en la Tierra, que yace sin conciencia.

 FIN

[1] Si bien la ciudad de Vicuña existe (ubicada en la región de Coquimbo, Chile), al igual que su festejo en el mes de febrero y nombre (Carnaval Elquino), la fecha mencionada (segunda semana) está exenta a la realidad.

Veneno

I

Durante estos últimos meses he aprendido que la vida –la que todos la ven como algo que hay que aprovechar al máximo– no es más que una injusta desgracia. Algunos afirman que el ser humano, esencialmente, es sociable, que así es como desarrolla su riqueza intelectual, llega a la felicidad y otros puntos fundamentales. Pero, a mi juicio, es solo una pesada carga. El ser humano es carga de otro ser humano. No somos sociables, somos ratas dependientes. Estamos encerrados en un laboratorio que llamamos vida. Y los dos últimos años de mi existencia lo confirman. Lo peor es que todos esos problemas que afectan a las personas, nacen de lo externo…No somos dueños de nosotros mismos.

Cuando realizas un viaje hacia el pasado te das cuenta que hiciste todo mal, que si estás sufriendo en la actualidad es porque te equivocaste. Pero cuando el amor esta entremedio de estos problemas, todo se magnifica, el más insignificante grado o sensación de frustración puede afectar tus frágiles emociones y quebrantar en pedazos tu alma (o lo que sea que esté dentro de nosotros). Y es así como las dificultades físicas y materiales pasan rotundamente a un segundo plano, rozando el límite de lo importante.

II

Nunca se me pasó por la mente que tener un entretecho me iba a provocar tantos dolores de cabeza. Algunos dirán que es fácil desechar el útil servicio de este lugar, solo debes tener lo justo y necesario, pero con una esposa como la mía es difícil seguir esa regla. A mi parecer, lo realmente problemático no es tener basura doméstica en exceso, sino que todas las cosas viejas que pueden tener nuevamente un uso indefinido van a parar a esa especie de bodega. Por lo tanto, si se necesita “esa cosa vieja que puede tener un nuevo uso”, uno debe arriesgarse a buscarlo en ese laberinto de polvo.

Una noche mi señora y yo estábamos acostados frente al televisor, por mi parte estaba muy atento al programa que daban, ya que era una serie muy famosa en aquellos tiempos, era de género psicológico y contaba actores estadounidenses de alto calibre. Pero mi esposa no hacía nada más que quejarse por el frío que irrumpía por todos los rincones de la casa, maldiciendo a los cuatro vientos el invierno del valle elquino por tener un clima tan bipolar. Mucho calor en verano (aire denso y ardiente), mucho frío en invierno (heladas casi todas las mañanas, temperaturas que redondean los 2 grados bajo cero). En ese instante, yo igual sentía la ausencia de calor, lo notaba con lo fresca y húmeda que se ponía tempranamente la casa. Como buen hombre de hogar, me apunté esa misma noche a sacar unas frazadas de lana del entretecho a primera hora en la mañana. Mi esposa seguía pasmada por el frío y no hizo comentario alguno, seguramente porque nunca se lo dije, solo lo pensé.

Ya había amanecido hace un par de horas cuando recién realicé las primeras pestañadas y el bostezo para animar mi cuerpo. Los, aparentemente, vivos rayos del sol cubrían nuestra cama, pero de abrigar…era muy inútil. Al tener ya la bata y pantuflas puestas miré detenidamente hacia el exterior por el ventanal, quería observar el clima que hoy me acompañaría.

Salí a paso lento hacía el patio y entré la escalera. Luego de subir los peldaños no fue difícil encontrar las frazadas, estaban a simple vista y no necesité subir todo mi cuerpo para adueñarme de ellas, con estirar mis extremidades bastaba. Eso me provocó cierta extrañeza, no siempre estas acciones resultan tan fáciles como uno espera. Entre el tiempo que las sacaba, alcé decididamente mi brazo izquierdo para alcanzarlas. Divisé –con el más puro instinto humano– una araña que escapaba con bastante rapidez y agilidad. Un susto estremecedor se apoderó de mí; entiendo que la araña solo trataba de escapar del gigante que violó su privacidad, yo era un peligro que emergía de la nada. Simultáneamente la escalera se tambaleó con el movimiento involuntario que provoqué con el susto. Traté con todas las ansias sostenerme de algo mientras vacilaba en el aire, pero en ese instante todo estaba en contra mía. Fue una acción en vano. Caí ferozmente de espalda, mi cabeza se azotó sin piedad y, consecutivamente, mis piernas rebotaron para dar fin a la tragedia. Inesperadamente todo esto era algo peor que una simple desgracia. Solo pude quedarme acostado quejándome a gritos de un intolerable dolor, eran sensaciones punzantes que no me dejaban tranquilo. Mi esposa llegó inmediatamente después de escuchar el choque de mi cuerpo, gritando y preguntando, simultáneamente, qué había sucedido. Estoy casi seguro que el piso flotante fue el culpable de amplificar el sonido producido. Ella seguía preguntando con una histeria notable, “cómo estaba, cómo me sentía”, y también daba órdenes, “que mantuviera mi cuerpo quieto y tranquilo”.

Créanme que yo quería estar tranquilo, sin embargo sus gritos no dejaban a mi conciencia tener un grato reposo. Después de unos minutos, cuando el clímax ya había pasado, me di cuenta que una fuerza de desgracia se apoderaba de mis piernas, anulando todo el control que tenía yo de ellas. Al darme cuenta, desesperadamente traté de moverlas, pero ellas seguían estériles.

Una lágrima de lamento recorrió el lado izquierdo de mi rostro. Llevé mi mano diestra hacia la mejilla de mi esposa y, con cierta torpeza, la obligue –en silencio– que llevara su cabeza a mi cuello. Yo parecía un muerto. Por un momento Isabel quedó en un profundo silencio. Seguramente pensó en lo peor, en los tiempos difíciles que venían a la vuelta de la esquina, aunque durante esos pocos minutos intentó camuflarlos. Luego, con algo de dificultad, simuló una leve sonrisa en su rostro.

–Ya, vamos a levantarte –ella dijo–. Debe ser solo un entumecimiento del momento.

–Isabel, de verdad no puedo –respondía sin fuerzas–, no hay vida alguna en mis piernas.

–Eso ya lo sé, pero no me importa –dijo Isabel–. Hay que llegar a la cocina.

–Déjame descansar un momento más acá.

En realidad ella no me llevó a la cocina, sino al living-comedor y me dejó entre sentado y recostado en el sofá. Ella me dijo que la esperara y que no tardaría en volver, hecho que siempre fue una cruel mentira; al mismo tiempo había otro tipo de comunicación entre ella y yo, me miraba con unos ojos muy sombríos que hablaban por si solos. Por un prolongado momento la casa entera estaba vacía. Las frazadas que habían quedado abandonadas debajo de la entrada del entretecho ya no existían. Todo estaba rodeado por un silencio culpable. Y aun así no era capaz de hacer algo al respecto. ¿De verdad algo tan estúpido como esto –que no es más que la mismísima casualidad– sería capaz de cambiarme y destruir mi matrimonio?

El eco de la casa me ayudaba a descifrar lo que Isabel estaba realizando. Percibí que inmediatamente se había dirigido hacia la cocina, abrió bruscamente la parte alta del refrigerador y desencajó la cubeta de hielos. Supe que saldría al pasillo del patio a buscar alguna bolsa plástica para cubrir el hielo. Sentí que la puerta se había abierto, pero jamás volví a escuchar como ella, Isabel, la cerraba.

Frase #2

Sonrie para la vida, conviertela en tu nueva belleza.

Autoarrepentimiento

Me confundo. No sé si ser parte de ellos me es relevante, o clasificarme como uno. Me refiero a los escritores. Hay algo, seguramente el estúpido instinto adolescente, que me limita al crear mi propia historia. Aquel que diga: La historia es solo del pasado, jamás en su vida ha experimentado el sentimiento y el deseo de inventar con la tinta.

Marcelo Lillo, escritor desarrollado en Niebla, Chile, me dio una extraña confianza respecto a la idea de ser un literato distinto. Me provocó un vuelco en la perspectiva que yo tenía y no me arrepiento de haberlo leído su relato: “Hielo” (El fumador y otros relatos). Emerge, a través de las palabras y el fiel diálogo, a un personaje novelista, Madrid, que abandona a su familia por el deseo de escribir. Se gana la vida vendiendo sus libros a través de cualquier medio que esté a su alcance por todo el sur de Chile. A sí mismo se galardona como el autor más vendido de todo el país, con un número de copias que ni él mismo cree. Aún con esta locura de vida, de viajes, sueños y placeres, se siente constantemente arrepentido. Y es así como yo me denomino. Soy más arrepentido que humano. Cuando empecé a escribir, ni siquiera abría un libro por placer, teniendo una biblioteca en casa. Y ahora me siento ignorante al leer las maravillosas obras de Borges, con todo ese constante e impactante de conocimiento que representa su estilo. Y yo –arrepentido – me limito a escribir solo que siento, con un insignificante talento y detalle.

Días atrás un primo me vino a visitar, yo andaba por solo unos días por mi ciudad natal y aproveché de llamarlo por teléfono para decirle que nos juntáramos. La primera impresión que me dijo al ver mi rostro, no fue la imperfección producto de mi acné, sino del impregnado aburrimiento que me controlaba. Luego de escuchar sus directas palabras, me hizo pensar que estaba perdido y que era lo que estaba provocando tal estado en mi cara. Seguramente el inundarme en estas hojas ha dado esa figura en mi débil personalidad. Pero aun así, me gusta cómo me veo, como me voy creando paso a paso. Diferencia es la palabra que debió haber pronunciado mi primo al verme. Me di cuenta de eso cuando salimos hacia la calle, impregnados a la sombra del pimiento, en la atractiva oscuridad que forma la luz de la luna. Sin embargo aún me arrepiento de haber empezado a escribir, porque aunque no tenga luz, un escritorio o un sofisticado bolígrafo, seguiré plasmando mi propia historia.